Todo queda en la montaña
Ya era casi medio día y ellos no aparecían, lo que era algo bastante normal, pero había ese no sé qué, ese algo en el aire que se mezclaba con el aroma del cafetal y el triple 15. Eliza no le prestó mucha atención a ese erizar del espíritu, pues solo duró unos microsegundos. Tenía que apresurarse y agarrar la gallina, torcerle el inocente pescuezo y desplumar, desplumar como había hecho siempre. Al principio, cuando era pequeña, le pesó como un océano el tener que matar a tan linda criatura, pero pronto entendió que debía nadar en la realidad, aquí las cosas no son como en la ciudad. La sangre, las pulsaciones, el respirar afanado de la gallina... Todo ello significa la palabra realidad. Con el tiempo se convirtió en una sangre fría y metódica mata gallinas. Ya después del almuerzo salido del horno de barro, Eliza pensó nuevamente en sus primos, así como cuando se piensa de manera tan fugaz que parece un reflejo. Pensó en que, aunque ellos no eran remilgados, tenían sus ciertos gustos ...