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Te hablo desde la prisión

Cinco mil pesos, algo así, quizá más, quizá menos. Algo tan estúpido desencadena en cosas aún más estupidas. Cuando menos lo pensé, me encontraba esposado -curioso- me dije; los grandes asesinos de esta y otras latitudes, cabalgando sobre su falta de escrúpulos, no solo no han sido nunca esposados, sino que son considerados como los grandes prohombres de la humanidad. Todo indica incluso que duermen tranquilos sobre la vorágine de cuerpos que han dejado a su paso. En fin, un vidrio roto, insultos van, insultos vienen. La adrenalina corre por cada tramo del cuerpo. Pensar con claridad se vuelve un tabú. Embriagado de una falsa hombría, le decía a mi oponente que no importaba las esposas, no importaba tenerlo todo en contra, podía acabar con él. Era un deber casi que moral. Taxista no es gente. Ya en la patrulla y en soledad, la calma volvió a mí. No dije nada, ni me mostré desafiante. La embarrada estaba hecha y me esperaba unas de las horas más surreales y difíciles. Supe que nos dirig...

Todo buen amor tiene que doler

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Y se viene a la memoria esos hermosos días previos a la final en los que el corazón y la mente andaban a mil revoluciones... Pasé por un Campín oscuro y supe que durante esas dos semanas mis pensamientos solo irían dirigidos hacia una sola cosa. Dos partidos más, muchachos. Dos partidos más y tocaríamos el cielo con las manos. Habíamos ganado heroicamente en Cali, pero ese tan solo era el preludio de la batalla que se avecinaba. Llegó aquella tarde de diciembre, el cielo azul era un buen presagio, pero los muchachos y el profe tendrían que batirse ante un estadio rojo. Hostil. Nos tiraron la tribuna encima. Era la forma de ver el mundo de ellos frente a la nuestra. Es ir a la guerra sin armas, diría Galeano. La embestida del rival, el dolor, la desesperación, la incertidumbre y la ansiedad. Digerir todas esas sensaciones en un lapso tan corto de tiempo en realidad es algo que raya con lo insano. Sí, es solo un juego. Pero quizá sea eso y algo más. Nos salvó la campana y terminó el prim...

Homenaje a las tiendas de barrio

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  Me niego a deshumanizarme y a ser eficazmente infeliz y mientras permanezco atiborrado como ganado, veo hacia la ventana y contemplo fuera de ella lo que es la libertad. Qué importa si estás a unas cuantas cuadras de casa (casi 200), igual tengo el gusto por caminar, caminar y no dejar de caminar, a veces, durante horas. Camino haciendo cálculos de la posible mejor ruta: pasar por la séptima, bajar por la 39, circundar el barrio la Soledad. Ya desde la Universidad Nacional hasta Fontibón, es mitad de la ganancia. Me deslizo como puedo entre los cuerpos de trabajadores, estudiantes y demás que permanecen férreos en su propósito de llegar rápido a sus destinos; en sus rostros se ve la fatiga junto al hábito de saber cómo soportar el estar atrapado en un pedazo de hojalata, casi que sin margen si quiera de respirar. Pero yo soy débil y termino bajándome como sea del transmilenio. La libertad me recibe con el bullicio de la jungla gris, permeada con el aire frío de esas tard...