Todo buen amor tiene que doler

Y se viene a la memoria esos hermosos días previos a la final en los que el corazón y la mente andaban a mil revoluciones... Pasé por un Campín oscuro y supe que durante esas dos semanas mis pensamientos solo irían dirigidos hacia una sola cosa. Dos partidos más, muchachos. Dos partidos más y tocaríamos el cielo con las manos.

Habíamos ganado heroicamente en Cali, pero ese tan solo era el preludio de la batalla que se avecinaba.

Llegó aquella tarde de diciembre, el cielo azul era un buen presagio, pero los muchachos y el profe tendrían que batirse ante un estadio rojo. Hostil. Nos tiraron la tribuna encima. Era la forma de ver el mundo de ellos frente a la nuestra. Es ir a la guerra sin armas, diría Galeano.

La embestida del rival, el dolor, la desesperación, la incertidumbre y la ansiedad. Digerir todas esas sensaciones en un lapso tan corto de tiempo en realidad es algo que raya con lo insano. Sí, es solo un juego. Pero quizá sea eso y algo más.

Nos salvó la campana y terminó el primer tiempo. Quedaban 45 minutos y un poco más de una vorágine que parecía quemar todo mi ser. Un gol nuestro me devolvió el alma al cuerpo; pero al minuto 82, Morelo se escabulló en el área y nos empacó un gol que se sintió como un aguijonazo tan fino pero tan certero que el corazón se marchitó. Estábamos a nada de irnos a penales, un auténtico pelotón de fusilamiento y yo sentía que no podía más... Que me desvanecía.

Es curioso porque a veces creo -y lo digo en voz alta- que para ciertas cuestiones soy más bien infortunado. Entre ellas este amor a veces tan poco correspondido; sin embargo, escrito estaba ya... Vikonis mandó un pelotazo que recorrió el cielo de nuestra caótica y bella capital y un rebote le quedó justo al héroe Henry Rojas y este la mandó a guardar en una verdadera joya de arte tanto estética como visual. Un auténtico golazo. Recuerdo esa trayectoria del remate ¿fueron qué? ¿uno, dos segundos? Pero a mí me pareció que el tiempo se detuvo un pequeñísimo instante, hasta que inflexible, el balón infló la red... Mis gritos y los gritos de mis hermanos de la vida resonaron en el edificio. Ese gol nos estaba dando el título. Un título ante ellos. Ante los que tienen otra forma de ver el mundo.

Entonces supe que a veces la vida sonríe para con este martirizado sentimiento, una alegría tan pero tan esporádica que se asemeja a un fenómeno del cosmos, de esos que suceden cada un buen tiempo. 

Quedaban diez minutos, no recuerdo mucho de ello, estaba en blanco, los segundos no querían mover a las rebeldes manecillas ¿Qué son diez minutos para la vida de un ser humano? Pero de todas formas, el tiempo siempre se consume segundo tras segundo, minuto tras minuto. Santa Fe atacaba sin cesar, más con desesperación que con mente fría.

Santa Fe arremetió con todo hasta que, como si se tratase de la víspera del año nuevo, como si se tratase del faltan 5 pa' las 12, nos fundimos en abrazos aquí y allá. Se terminó la odisea: Millonarios campeón de Colombia. Superamos a uno de los rivales de toda la vida. Fui genuinamente feliz. Parecía que después de todo, este amor si era correspondido.

Tiempo después, el profe hizo público que padecía un cáncer de próstata y que incluso tuvo sesiones de quimioterapia en el intervalo de los dos partidos de la final... ¿Qué? Cualquier persona hubiese tomado licencia médica, pero el tipo estaba ahí en la raya, gritando y dando indicaciones a sus pupilos bajo la lluvia bogotana. Un desafío directo a la muerte y al maldito cáncer: soy yo quien decide cómo habitar este mundo. Soy yo quien está al mando. Quizá, después de todo, no sea solo se trate de un juego y un balón.

El profe tuvo recaídas y la hinchada lo arropó con ese amor tan abstracto que solo genera el fútbol y que muchos -no sin razón- no logran llegar a comprender. 'Todo se cura con amor' fue la frase que quedó patentada. El profe luchaba y como un gladiador se batía contra el cáncer. Profesaba amor -ojo- no amor al trabajo, sino amor a la vocación. Como un músico que desea morir en el escenario -recordemos a Ozzy-. Morir por amor, por devoción a lo que haces y lo que eres. Quizá no solo sea un juego.

Pero el tiempo es inflexible y los resultados no se nos dieron en el 2018. El profe dejaba el cargo y sentí -sentimos todos los hinchas del azul- que un pedacito de nosotros se difuminaba. Así es el fútbol. Los jugadores pasan, la hinchada es la que queda. 

En esos sueños inconexos que a veces tengo, yo me decía: -Quizá un día vaya a Argentina y tal vez me encuentre al profe. Le pediré un abrazo, quizá una foto, aunque odio las fotos-. Siempre tenía ese pensamiento rondando entre los pasadizos de la mente.

Siempre me dije: -Jueputa, este man nos sacó campeones con un cáncer a cuestas. Qué mayor muestra de gallardía-... El viejo querido era todo un viejo zorro. 

Pero toda historia tiene su epílogo y este se veía venir porque, si bien él estuvo estable unos buenos años, la muerte agazapada en células cancerosas volvió más agresiva y determinada que antes. Pero el viejo no daba su brazo a torcer. Así, flaco hasta los huesos y con boina disimulando la calvicie, dirigió a San Lorenzo, Rosario Central -uno de sus grandes amores- y Boca Juniors, los colores con los que eligió morir. 

Se veía venir hasta que la cachetada llegó. Se nos fue el profe. Batalló por amor a lo que era su vocación. Hizo felices a tantos que en Rosario y en la Bombonera lo idolatran -fue el último técnico que le dio a Boca una Libertadores-. Esas historias darían para otra entrada de este nostálgico blog.

Se fue el profe Miguel Ángel Russo y no pude ir a Argentina a darle un abrazo. Su aura y esencia me recuerdan a mi tío -mi gran amigo- quién murió hace un poco más de un año. Siempre tenían una sonrisa. Admiro a la gente que sonríe. No sé por qué, pero yo no puedo. Reflejan la transparencia del alma.

Recordé la víspera de la muerte de mi tío, cuando solo pude dejarle un mensaje en WhatsApp el cual nunca llegaría y del cual nunca tendría respuesta alguna. Aquí donde estoy escribiendo estas líneas, estoy tomando un trago de whisky por el profe, por mi tío y por mi abuelo quien también murió de cáncer. Por la humanidad entera.

Gracias profe, la noche del 17 de diciembre del 2017 fue quizá uno de los episodios más hermosos e increíbles de mi vida. Me gustaría morir haciendo lo que me gusta, hasta que el cuerpo no dé más. Escribir y hacer música. Morir con las botas puestas.

Entendí que no es que este amor no sea correspondido, sino que todo gran amor, necesariamente tiene que doler.


Vamos, Millonarios querido!


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