Homenaje a las tiendas de barrio
Me niego a deshumanizarme y a ser eficazmente infeliz y mientras permanezco atiborrado como ganado, veo hacia la ventana y contemplo fuera de ella lo que es la libertad. Qué importa si estás a unas cuantas cuadras de casa (casi 200), igual tengo el gusto por caminar, caminar y no dejar de caminar, a veces, durante horas. Camino haciendo cálculos de la posible mejor ruta: pasar por la séptima, bajar por la 39, circundar el barrio la Soledad. Ya desde la Universidad Nacional hasta Fontibón, es mitad de la ganancia.
Me deslizo como puedo entre los
cuerpos de trabajadores, estudiantes y demás que permanecen férreos en su
propósito de llegar rápido a sus destinos; en sus rostros se ve la fatiga junto
al hábito de saber cómo soportar el estar atrapado en un pedazo de hojalata,
casi que sin margen si quiera de respirar. Pero yo soy débil y termino bajándome
como sea del transmilenio.
La libertad me recibe con el
bullicio de la jungla gris, permeada con el aire frío de esas tardes bogotanas
acechadas por nubarrones y tempestades. Por un instante recuerdo la historia de
Eren Yeager al contemplar esa quimera contradictoria que él creó en nombre de
la libertad. No he podido dejar de pensar en que esa figura y anhelo tan
preciado como lo es la libertad, sea en realidad una monstruosidad agazapada.
Sin duda una de las mejores historias de todo el anime.
Como sea, estás demasiado lejos
de la casa, el peligro se esconde en cada sombra, pero eso no importa, sutilmente
vas recobrando la tranquilidad. Cualquier cosa, en serio, cualquier cosa es
mejor que estar atrapado en un bus en plena hora pico, y ya siendo libre,
emprendo mi marcha triunfante hacia cualquier lado.
Camino, camino y no dejo de
caminar y en cada esquina y edificio me sobrevienen recuerdos de caminatas de
antaño, algunas que datan de muchísimos años atrás y es entonces cuando se
siente el sutil aguijonazo de la nostalgia. Soy un romántico para esas cosas,
un romántico y un estúpido.
Sigo caminando entre callejuelas,
avenidas y atajos mientras la llovizna humedece el pavimento. Una, dos fotos
matutinas de las luces capitalinas, debo ser rápido y certero con el celular.
Sigo contando pasos y diviso a lo lejos mi objetivo: la tienda de barrio con un
par de mesas y sillas, una auténtica bendición colombiana. Es para un errante
lo mismo que encontrarse con un oasis. Dedico estas líneas a esos lugares
provistos siempre de sillas, mesas, un equipo de sonido y, a veces, un
televisor. ¿Han caminado y caminado por Rosales y no encuentran en medio de
tanto lujo ni una puta tienda? Eso es una verdadera tragedia.
En realidad, esta no es que sea una historia con un sentido lineal sobre las tiendas de barrio, sino que es más bien un conjunto de retazos mal hilvanados de cómo estos lugares me han salvado –no solo de la sed- sino que han recalibrado mis pensamientos incluso en los parajes más insospechados.
Es esta una justa parada para un
caminante, prefiero pasar mi tiempo aquí, viendo cómo fluye la vida citadina
mientras se desvanece el tiempo en cada sorbo de una cerveza tan fría como
Bogotá. Prefiero esto que estar en ese tortuoso aparato de claustrofobia
rodante.
Las tiendas de barrio tienen la
singularidad de que en ellas no encontrarás las grandilocuentes historias que
quizá se entretejen en esos bares de renombre, historias como las de los
espionajes soviéticos, conspiraciones, estratagemas maquiavélicas o elaborados
performances discursivos casi cercanos a la divinidad, dictaminados por
cinéfilos y curadores de arte moderno, antiguo, semiantiguo... Bueno, yo la
verdad es que no sé de arte. ¡Cuántos desfalcos no se han fraguado al interior
de las paredes de los más finos gastrobares!
Como aquella vez en que unos
tipos al lado de mi mesa, quizá ya llevados por los tragos, empezaron a decir
que ellos tenían el sistema de espionaje 'Pegasus', que no era la Dipol, ni la
Dijin -o Diyin-, ni la embajada estadounidense, sino que eran precisamente
ellos -quién carajos serían ellos- los artífices de aquellos esfuerzos por la
patria, la familia y la seguridad nacional. Y yo estaba ahí, fungiendo sin
querer el papel de agente secreto, agudizando el oído en medio de la algarabía
circundante y tomando nota de cada palabra disparada: "Los comunistas no
pueden hacerse con el poder", dijeron... Los comunistas, jum, pensé...
esas pobres almas en pena son tan errantes y nostálgicos como yo. Los he visto
deambular por el cementerio central, por Teusaquillo, por el centro y sé que
tiene más chance de ser presidente un youtuber que un comunista.
O como esa vez que me pasó
justamente lo contrario, en la Perla del Otún, en pleno centro de Pereira, la
ciudad que se dice es la verdadera meca del narcotráfico... "Es que los
duros se esconden acá, y no en Medellín", me dijeron. Fue en la cálida
Pereira -podría decirse que en medio de la boca del lobo- que uno de los tipos
más locos y extraños que jamás haya conocido, llegó a nuestra mesa y empezó
hablar sin ton ni son de las FARC, de que el M19 era una criatura de ellos, de
que la revolución llegaba porque llegaba y que esta se encontraba a la vuelta
de la esquina. Contaba con orgullo -y en voz más o menos alta- cómo durante
años se habían batido con fiereza en una ciudad plagada de hienas y de
'cordilleras'... Juro que pensé que esa misma noche me darían unos tres tiros
por estar en el lugar equivocado. Morir aquí por culpa de este personaje.
Triste y ridículo final.
Pero bueno, retomando, las tiendas de barrio, gracias a Dios, tienden a ser mucho más tranquilas. Las conversaciones son más superficiales, el tiempo parece detenerse, la quietud es palpable. Poco importa tomarse el poder o no dejar que se lo tomen, lo que importa es tomarse una, dos, tres o más cervezas y bajarle un poco el acelerador a la vida.... A veces pienso que mi destino es tener mi propia tienda de barrio, algo muy distante a esos sueños joviales de querer estar haciendo reportería de guerra en ciudades sitiadas africanas, o emprendiendo cacería de historias milenarias en el Cairo, Bagdag, Rabat o Damasco; o hacer cartografía social a lo largo de la muralla china; o seguir, con libreta en mano, los pasos del Ché, de Bolívar o Alejandro. Claro, hay que ser realistas, ¿No?...
Veo a través de la botella y me
sumerjo en cada burbuja, como si estas fuesen extensiones de los recuerdos. Una
salsa brava surca en el ambiente y me causa cierto regocijo empezar a ser medio
reconocido en la tienda, como si de a pocos hiciera parte de algo.
Entre sorbos de Tres guerreros roja y ráfagas de Los Hermanos Lebrón, empiezo a recordar, por
ejemplo, cuando estaba por Medellín, en inmediaciones al estadio Atanasio
Girardot, recinto del enemigo. Con orgullo rolo hinchado en el pecho, recorrí
la unidad deportiva hasta encontrar esos puestecitos donde la cerveza pilsen
-una de las mejores del país, sin duda- la cual se vende como pan caliente. Una, dos,
tres... Estar más o menos lejos del hogar me emociona y me hace sentir pequeño.
Pequeño pero completo. No pasó mucho hasta que nos dio por aventurarnos hacia
una de las comunas célebres por su encarnizada violencia noventera. Subimos en
taxi, ascendemos y las luces de Medellín se convierten en un paisaje surreal,
nuestro guía improvisado -un personaje difícil de descifrar- nos habla de diez
mil cosas a la vez, entre ellas, que la comuna ahora la manejan los
paramilitares cuyo nombre gansteril se me escapa, pero que no había lío, no nos
harían nada, no les interesaríamos y eso que la cita en los altos de la montaña
era discutir los pormenores del fascismo... ¿Qué es el fascismo? Era la
pregunta problema para la tertulia callejera.
Una vez llegamos al barrio,
ubicado casi que en lo más alto de la comuna y donde una hermosa capilla blanca
relucía como una perla -y la cual estaba justo al lado de una cacharrería-,
empezaron a emerger de entre callejones y pasadizos un buen número de
muchachos, desfilando casi como un contingente. Ellos provenían de Itagüí,
Envigado y un sinfín de barrios de Medellín; un auténtico ejército
anti-fascista en la ciudad bastión del conservadurismo criollo. La tienda de
barrio, situada justo al frente del debate callejero, estaba rebosante de
cerveza pilsen. Las normas eran claras: como yo era el invitado proveniente de
la fría Bogotá, tenía permitido tomar; los demás, mientras duraba la discusión,
debían estar sobrios y escrudiñar en la cuestión principal: ¿Qué es el
fascismo?
Con cerveza en cada mano, escuché
atento las voces y opiniones, la disertación, los ejemplos, etc, etc. Es lo que
se llama un trabajo político de base y yo era un mero espectador, hasta que
abrí la boca... Si bien ya se había hablado de las camisas negras y pardas,
de Videla, Cabal y de Franco, yo quise plantear el fascismo como algo cercano a
lo arquetípico, propio de cada ser humano. Si tu familia corre riesgo, digamos,
de ser exterminada, ¿Qué harías con tus propias manos para defenderlos?
¿Sucumbirías ante la segregación, el odio y el miedo para salvarlos?
La discusión se fue por ese punto
de giro y creo que, por entrometido, me tiré el orden del día -de la noche-; de
todas formas, al final, sin llegar realmente a ninguna conclusión, se levantó
la reunión y con ella la restricción sobre la cerveza, los anti-fascistas
medellinenses se abalanzaron a la tienda de barrio para comprar una
indeterminada cantidad de six packs. El ambiente había pasado de la disertación
a lo festivo y, salvo una escaramuza con un sujeto que desde lo alto de una
pendiente se mostró agresivo, el resto de la noche fue bastante tranquila.
Volví mareado a mi habitación -gris y llena de moh- de aquel hotelucho de tres
pesos que durante un par de días fue mi hogar.
Recuerdo también la fría cerveza
en una tienda de barrio en Cúcuta, bajo el impetuoso y ardiente sol del
mediodía. En ese estado, y más como rolo, la cerveza desaparece en dos, tres
sorbos. Había que organizar todo para partir al día siguiente hacia el
Catatumbo, laberinto de historias ubicado a cuatro horas en carretera desde
donde estábamos. Es un viaje peligroso, el cual siempre va acompañado,
kilómetro a kilómetro, de un gran tubo negro que se asemeja a una anaconda, es
el oleoducto Caño Limón - Coveñas, víctima constante de la furia y el fuego de
los combatientes y renegados. Fue allá en el Catatumbo, muy muy adentro del
territorio, que me di cuenta que, incluso en el lugar más apartado de Colombia,
incluso donde faltan muchos elementos y suministros elementales, hay algo que
nunca faltará: cerveza.
Fuimos a grabar algunas cosas,
entre ellas, un criadero de búfalos, unas bestias nobles, dóciles e imponentes.
Bajo el abrasador sol de ese extremo del país -esa vez si me dio duro el calor-
los hombres de aquél lugar perdido estaban en plena jornada de inmunización de
los animales, previniéndolos de enfermedades y plagas. Grabamos hasta que la
luz del sol nos lo permitió y paramos justo cuando la estrella anaranjada
terminó diluyéndose en un horizonte tan lejano como enigmático. Con el deber
cumplido, empapado en sudor e insolado, ya la caída de la tarde nos refrescó y
nos convidó a pasar a la tienda, hechiza e improvisada, pero tienda al fin y al
cabo, la cual estaba llena a más no poder de una cerveza tan fría que parecía
haber sido creada justo para esa región del país.
Me entretuve escuchando las
conversaciones de los anfitriones, campesinos aguerridos, con pinta de
vaqueros, armados con machetes y portando en sus cabezas los más diversos
sombreros que hacían juego entre sí. Yo no tenía necesidad de hablar, solo de
escuchar. Escuchar mientras se consumían las cervezas y las polillas empezaban
a rodear la luz de los bombillos. Había llegado la noche en el Catatumbo, una
de las zonas más conflictivas, creería yo, del mundo.
Tiempo después -en realidad, tiempo
atrás- en el departamento hermano de Santander, llegamos a un pueblo pintoresco:
Landázuri. Es de esas locaciones que parecen estar en una realidad distinta a
la del mundo al rededor: tranquilo, pacífico, acogedor, me di por bien
servido... -¡No! no es aquí, tienen que dar marcha atrás y allá, en la mitad de
la montaña, hay una especie de trocha, por allá agarran hacia donde tienen que
ir-... ¿Qué pensaste, Camilo, que sería fácil? Retrocedimos según la indicación
y llegamos hasta la montaña, abierta de par en par, dando paso a un diminuto
camino que parecía conducir a otra dimensión... No es una exageración, nuestro
destino, Punta de Armas, ni si quiera aparecía en el mapa satelital. Lo que
hasta el momento había sido un viaje apacible de carrera pavimentada desde
Ubaté hasta Santander, ahora se convertía en un auténtico calvario en una
trocha indómita, cuyo soberano era el barro y en el que solo transitaban
volquetas repletas de carbón recién sustraído. Era en realidad, más que una
carretera terciaria -ni eso-, una ruta plagada de minas de carbón, cuyos
laboriosos obreros lucían negros de pies a cabeza y en donde se apuntalaban, de
cuando en vez, sendas estructuras de madera para cimentar socavones. Una, dos,
tres, cuatro horas zarandeándonos estrepitosamente hasta que llegamos, ya con
la oscuridad casi que impenetrable, a un pueblito, cuyo nombre se me refundió
para siempre en las gavetas de la memoria... Solo estaba iluminada la cancha de
microfútbol y el único punto con vida en todo el lugar era, como no podía ser
de otra forma, una tienda de barrio... -Una águila, por favor...- Mareados de
surcar la trocha, hicimos una pausa para volver a la vida; -¿Estamos lejos de
Punta de Armas?- más o menos a 40 minutos o una hora, por allá derecho...
¿Dónde putas es que está el tal Punta de Armas? la cerveza me reconfortó y me
dio ánimos para el último tramo; aunque me hubiese gustado pasar la noche ahí,
dormido si quiera en una silla rimax. El silencio envolvía todo el paisaje
nocturno.
Una hora después, llegamos a un
caserío indescifrable para los satélites... ¿Llegamos a Punta de Armas?, -No,
Punta de Armas está a 45 minutos de aquí; mañana salimos a las 5 am-... -¿Dónde
estoy?- En fin, hora de "dormir"; puedes escoger, allá hay una
casona, grande y hermosa... Entro y lo primero que me recibe es un cambio de
temperatura, como llegar a otro piso térmico. La casa estaba atestada de
personas, si a lo mucho entre 50 u 80, el sudor y el calor de cada uno de ellos
se conjugaba en uno solo; iban de aquí para allá con los torsos desnudos, con
una tranquilidad casi que innata. La mayoría de ellos eran ex guerrilleros,
mujeres y hombres curtidos en las más diversas dificultades propias de la
selva, la montaña, la cordillera y la vida... ¿Recuerdan mi debilidad al estar
aprisionado en transmilenio?, pues eso no es nada en comparación a dormir en un
lugar junto a casi un centenar de personas... Salí corriendo, ¿La otra opción?,
montar una carpa sobre las tablas de la entrada de una casa abandonada. Me
prestaron la carpa, pero no tenía 'sleeping´ así que dormí -no dormí nada-
sobre la punzante molestia de las tablas. En medio del suplicio, ya a altas
horas de la noche, empezó un aguacero brutal. La oscuridad era tal que solo
se veía par lucecillas y el silencio se compuso del sonido del agua cayendo por
doquier y el cantar de grillos y sapos. Aunque no dormí, en ese momento me
sentí plenamente feliz, entre el aguacero, la oscuridad, mi pequeñez y la
inmensidad de las montañas.
El alba asomó muy rápido, la
lluvia se había marchado junto con la oscuridad; hora de bañarse: una totuma,
agua fría y de nuevo a la camioneta, esta vez, esta vez sí, llegaríamos hasta
el afamado Punta de Armas. La trocha es más agreste, la poderosa 4x4 se desliza
y pierde fuerza ante la adversidad del terreno, nos sacudimos de aquí para allá
mientras los múltiples verdes, más vivos que todo lo demás, iluminan a nuestro
alrededor... ¿En dónde estoy?, poco importa... Recorremos una hora y llegamos a
una parte plana, todas las camionetas acampan ahí, ¿Llegamos?, ¡No!... Solo
hasta este punto pueden llegar los vehículos, Punta de Armas está a 45 minutos
caminando... ¿A cuánto?, bueno, por algo soy periodista.
Emprendemos la ruta, botas
campaneras, una gorra, la cámara y la sed, siempre la sed. Vamos por entre un
camino bañado en quebradas, estas descienden como pequeñas serpientes,
entremezclándose y separándose según sus propias reglas; hay tramos en que el
agua es más caudalosa, hay que sortearla como sea, rodeando el camino... Ahí
hay una piedra para apoyar la piern... Error de principiante: no era una
piedra, era un enorme bulto de arena, apenas y pisé cuando toda la pierna se
sumergió como si me estuviesen tragando arenas movedizas, como si me fuera
hacia un submundo. El fondo del pequeño abismo eran aguas subterráneas, ya mi
pierna estaba totalmente empapada; -quítate la bota y saca toda el agua, o se
te empezará a quemar el pie-... Cosas que pasan, subimos y bajamos por el
camino hasta que por fin, después de tanto, a lo lejos, se veía Punta de Armas.
Es increíble que la gente viva
tan apartada del mundo, aunque eso puede ser una bendición. Era un caserío lo
más de peculiar, extremadamente pequeño. Bueno, a lo que venimos, ¿a qué fue
que venimos? Ah, sí... es un acto de reconciliación, la paz de Colombia está en
marcha, estamos en tiempos en que victimarios y víctimas se miran unos a otros
directo a los ojos, no sin cierta tensión en el aire, no sin susurros que
evocan las heridas de un pasado no tan distante. Resulta que los señores
insurgentes, por allá en los años más encarnizados de la guerra, les dio por
asesinar al cura del caserío –ese era un curita paraco- escuché que dijo una
mujer con desdén. Por un momento intenté imaginar la escena, aunque realmente
no me evocó sentimiento alguno. La cuestión era sencilla: los victimarios se
tomarían de las manos con los nuevos patronos de la iglesia del caserío,
instalarían una placa conmemorativa en memoria del sacerdote asesinado, unos y
otros dirían unas palabras de perdón, reconciliación, culpa y arrepentimiento,
¿serían perdonados?, difícil saberlo, el perdón reside en la voluntad de cada
alma y este no se consigue con la instalación de placas o discursos.
¡No hay lío! Solo es grabar la
ceremonia –por supuesto con eucaristía incluida- tomar un par de fotos y otro
par de testimonios, ¡Me encanta mi trabajo! ¿Dónde se instalará la placa?,
¿qué?, ¿no es aquí?, ¿Abajo en la quebrada?, ¿Cuál quebrada?... al parecer no habíamos llegado del todo al
punto exacto de la travesía, al sacerdote lo asesinaron en un riachuelo rodeado
por inmensos árboles, por allá bien abajo de la montaña, más o menos a unos 35
o 40 minutos desde donde estábamos. Empezamos el descenso por un camino tan
estrecho que nos tocó ir en fila india, debíamos agarrarnos de las ramas y la vegetación
porque la montaña estaba humedecida y los resbalones se sucedían unos a otros.
Bajábamos y bajábamos hasta que por fin se pudo escuchar el transitar del agua;
en efecto, era un riachuelo de baja profundidad –el agua llegaba hasta el
estómago o un poco más-, pero su dificultad radicaba en que estaba atravesado
por enormes piedras, vigilantes y solemnes, las cuales debíamos saltar de una a
otra para llegar hasta la otra orilla y continuar el recorrido. Las piedras
eran tan lisas que no pocos cayeron al agua; yo casi me mato, trastabillé entre
las rocas pero al final mantuve el equilibrio a cuestas de una dolorosa herida
en la canilla derecha ¡Me encanta mi trabajo!
Fueron casi como 30 minutos
caminando entre la quebrada, el paisaje era casi de fantasía, perdido en medio
de la nada, poco importaba lo que aconteciera afuera de esas montañas. El agua
era fría y pura, las paredes de la montaña nos encerraba en sus entrañas, los
sentidos se unificaban en uno solo junto al río, ¿no podían haber matado al cura
allá arriba?, imaginé nuevamente la escena y esta vez sí me suscitó uno que
otro pensamiento: morir aquí a manos del enemigo, ¿cómo habrá sido esa marcha
hacia el fin?, morir aquí es un epilogo un tanto poético, ¿estaría Dios al
tanto de la ejecución en la quebrada? Finalmente llegamos al punto: sobre una
gran roca, apostada junto a un costado de la montaña, estaba un cura, los
monaguillos, algunos europeos de los que trabajan en estas cuestiones y, por
último, los victimarios (antiguos insurrectos hoy devenidos en burócratas).
Hice lo mío, me situé a media altura entre unas ramas y capturé todo lo que
pude con la cámara... instalaron la placa, posaron para la foto, se dictaminaron palabras,
susurros, luego, el minuto de silencio por el alma del mártir.
Perfecto, hora del regreso, ahora
viene lo duro, subir la montaña. No importa, esto no es nada, los periodistas
de verdad estamos curtidos para estas cosas, no es mucho. En un momento me
encontré solo, pero por fortuna el sentido de la ubicación no me falló, sé por
dónde regresar, entre esas, me resbalo y al intentar agarrarme de una rama, mi
hombro se disloca y caigo al agua. Adiós celular, no sé cómo no se dañó la
cámara. Bueno, arriba, esto no es nada, sal del agua, sube, sube por entre la
montaña. El dolor en el hombro era tan intenso que obnubiló por completo al
dolor de la canilla. Sube, sigue escalando, mi cuerpo estaba empapado tanto por
la caída en el agua como por el sudor; ahí adentro de la montaña, la
temperatura y humedad son difíciles de sortear, en ese momento vienen a mi
mente dos amigos míos, grandes personas, pero muy enclenques y debiluchos, de
seguro hubiesen preferido quedarse a vivir para siempre en la quebrada y no
subir más. Voy llegando, de subida todo cuesta el triple, siento el
mareo tocar a mi puerta, tarea cumplida, necesito una cerveza, ¿podré encontrar una cerveza en el
lugar más alejado de la tierra?...
Ya en la cima de la montaña nos
espera una gran carpa improvisada, la gente está asando carne y hay un puesto
con sillas y mesas, tienen cerveza por montones para la venta, mis billetes
están totalmente mojados, pero aún valen, ¡plata es plata!, dirían los
elocuentes dignatarios. La primera cerveza fue de celebración, las otras, solo
para calmar la sed. Me encuentro un poco destruido, pero tengo suficientes
billetes mojados para comprar y comprar cerveza. Me dejo caer en una silla y
veo a lo lejos como personal de la Defensa Civil traen sobre un caballo a una
persona casi que desvaneciente, cuya tez se había puesto tan blanca como la
luna. Estos trajines no son para cualquiera. Los periodistas estamos hechos de
acero.
Ya al otro día estábamos de regreso y pasamos la noche en Chiquinquirá. Nunca había visto en ningún lugar de Colombia que la iglesia principal esté completamente rodeada de tabernas y bares. Una combinación singular, hilada por una línea muy delgada.
En qué iba, ah sí, una tienda de
barrio es digna de elogio, en verdadero templo de la clase trabajadora.
Recuerdo cuando tuvimos que grabar en el Guaviare, primera vez en aquél lugar,
puerta de entrada de la inmensa y abrumadora selva. Atravesamos el Meta por la
noche, ya con el despuntar del día, entramos al departamento iluminados por el
destello naranja que irradiaba todo a su paso, presentándonos de abrebocas a un
enorme río en forma de serpiente (supongo que el río Guaviare, no sé) por un
momento, al atravesarlo en puente, parecía que flotáramos en el agua. ¿Qué habrá a mi derecha? El Guainía y el
Vaupés; ¿Qué habrá más hacia el horizonte?, el Caquetá, Amazonas y luego, la
inmensidad, la otra dimensión, la cual es casi inescrutable por el hombre.
Llegamos a San José, nos
recogieron y tomamos rumbo hacia no sé dónde –creo que nunca lo supe- el
trayecto fue corto, una hora, más o menos. El verde de la selva es singular,
como si encerrase consigo alguna cualidad traída de otros mundos. Llegamos al
punto, un ETCR, tampoco recuerdo el nombre. Un ETCR es una especie de, cómo
definirlo... un campo humanitario, casi que auto-gestionado, en donde decenas
de familias (la mayoría ex combatientes) subsisten gracias a sus destrezas,
habilidades y capacidad para labrar la tierra, construir casas, instalar redes
eléctricas, sistemas de riego, acueductos; en fin, me encuentro dentro de una
ciudadela que se parece a un cuento infantil, con sus casas pequeñas y
coloridas, sus jardines provistos de mil matas y materas, me pregunto si estas
callecitas tienen nombre, o si la pequeña comarca se divide entre barrios.
Llegó la hora de las entrevistas, los testimonios, anotar en la libreta, tomar
fotos, etc, etc. Hay conversaciones de todo un poco y ello se va aglutinando hasta concebir un
concepto, o al menos, una idea generalizada de las cosas. Siento el calor
selvático en mi sien, me dirijo hasta una pequeña loma y dejo que la selva se
lleve mis pensamientos. Y ahora, bueno, demasiada contemplación, me gustaría
tomarme una cerveza, ¿podré encontrar una en esta ciudadela selvática?, por
supuesto que sí. Hay una tienda, creo que en total, todo el campo contaba con
dos. Esta era atendida por una señora de una contextura bastante prominente, la
cual reafirmaba con su receloso malgenio, o más bien dicho, con su imponente
personalidad. Señora, quiero una cerveza... ella las tiene guardadas en un
enorme nevecón en los que se suele refrigerar el pescado... ¡Gracias! doña,
quisiera abrazarla por venderme cerveza, pero de seguro me cogería a escobazos.
Pero igual, gracias. Por supuesto que puedo saciar la sed con agua. Pero esa es
otra historia.
Durante toda la jornada yo iba y
volvía, de un lado a otro, de grabar y luego la tienda, de la tienda y luego a
grabar; era notorio que la mujer estaba molesta por mi insistente presencia
cada 20-30-40 minutos, pero ¡plata es plata!, dirían los prohombres de la
patria. Ya finalizada la jornada, dejé de molestar a la mujer y compré la
ración para la noche. Me senté afuera de mi habitación, observando como la
noche de la selva devoraba todo a su alrededor con su poderoso manto. ¿Cuándo
podemos irnos? Inquirió mi compañero a uno de los anfitriones; háganlo mañana
–respondió- es peligroso salir a esta hora. Ya llevamos algunos compañeros
asesinados. Eché otro vistazo hacia la penumbra, ¿quiénes serán los enemigos?,
¿estarán agazapados entre la maleza?, ¿estarán ahora mismo marchando al ritmo
de la muerte?
Pasó el tiempo, pero no la
esencia. Ahora nos dedicaríamos a grabar, entrevistar y fotografiar sobre el
café orgánico, nuestras nuevas locaciones: el sur de Colombia...
Luego de unas tres horas de
viaje, una hilera de resplandecientes árboles a lado y lado de la carretera nos
dan la bienvenida al valle del Patía; el efecto que generan se asemeja aquellos
cuentos de tiempos y lugares tan distantes como mágicos. En este tramo ya el
sol se torna mortificante y a lo lejos se ve el ganado disperso en una planicie
que evoca a un inmenso océano verde. Las vacas parecen pequeñas islas,
separadas unas de otras, reinas absolutas de la vastedad, solitarias y
distantes. Tenemos que surcar toda la subregión, desde el valle hasta lo alto
de la cordillera, la cual se extiende a nuestra derecha, parece un gigante
dormido, pintado de varias tonalidades de azul. Hacía allá nos dirigimos, hacia
lo alto de la cordillera. Pero antes de ello, hay que adentrarnos en el valle y
hacer una parada.
Llegamos a una hacienda colonial,
enorme y adornada de cientos de coloridas y diversas plantas, haciendo de toda
la casa un enorme jardín. El lugar era custodiado por una numerosa manada de
perros de diferentes tamaños, razas y personalidades, los cuales nos seguían
jocosamente a cada paso. Los canes eran liderados por un majestuoso pastor
alemán, enorme, vital, juguetón y algo descarriado. El jefe de la pandilla
observaba atentamente los lentos y pesados movimientos de las vacas y de un
enorme toro, los devoraba con la mirada.
La monumental casona era algo más
parecido a un museo que a una finca. Sus dueños, antropólogos ambos, han venido, durante años, abarrotando cada estante, esquina, pasillo, habitaciones, paredes
y salas con los más diversos artefactos, obras y recuerdos de sus viajes por el
mundo; parecía como si todo el conocimiento de la humanidad estuviese
consignado en un solo lugar. En cierta medida, el ambiente de la casa estaba
cargado de un aura de suspenso y denso misticismo, quizá porque cada objeto,
jarrón, fotografía, cuadro, libro, busto y artículo decorativo, contenían
intrínseco las energías de sus anteriores dueños o forjadores, así como la
esencia de sus lejanos lugares de origen como el Cairo, Bursa, Atenas,
Quetzaltenango, Oruro, Tacna y demás destinos predilectos por quienes se
dedican a la antropología.
Pero la hacienda no solo estaba
repleta de los místicos artefactos y antigüedades, también lo estaba de los más
diversos bichos: polillas, arañas, ciempiés, zancudos, mosquitos, chinches, cucarachas,
escarabajos y demás. Tuve que cambiar de habitación, era peligroso compartir
sabanas con un alacrán; en su lugar, tuve que trasladarme al segundo piso donde
revoloteaba un murciélago, el cual no encontraba ruta de escape.
Caída la noche, llegó el momento
de buscar las cervezas pertinentes, así que nos dirigimos en medio de la
oscuridad hacia el municipio del Patía, el cual se encuentra justo al lado de
la carretera Panamericana. Festivo y estridente, el pueblo es hogar de
comunidades negras, expertas en condimentar la vida con música y baile.
Preguntamos por el preciado líquido, ¿cómo? ¿Veinticinco mil pesos un six pack
de águila light?, me sorprende que esta sea, más que la póker, la cerveza predilecta de la zona; pero me
sorprende aún más el precio, ¿por qué tan costoso? –es porque no estamos muy
lejos de epicentros de cultivo de coca, por ello, las cosas se encarecen-.
Ya a la mañana siguiente llegamos
al río Patía, imponente pero con su caudal muy reducido debido a las cada vez
más constantes sequías. Debido a la
topografía de la zona, el río es de un hipnótico color ocre. A lo lejos se levantan unos cerros, bañados por la
soledad y envueltos en el silencio. Debido al bajo caudal, nos metimos sin problemas
al río, sus aguas corrían calmas, sin afán alguno. “Un hombre no puede bañarse
dos veces en el mismo río”, sentenciaría hace siglos Heráclito. Del mismo modo,
para la próxima vez que vuelva a recostarme sobre las mansas aguas del Patía, seguramente
no seré el mismo de la vez anterior.
Del calor del valle subimos hasta
lo alto de la cordillera. Los cultivos, el clima y las gentes cambian, acá ya
no habitan comunidades negras sino campesinos mestizos, acá no se cultiva
arroz, limón, ni hay ganadería; acá en lo alto se cultiva el café y el plátano.
Los bares en el alto de la cordillera eran lúgubres, la verdad es que no sabía
bien si en realidad se trataba de burdeles de mala muerte, con un ambiente sobrecargado
y una oscuridad circundante que lo ceñía todo. Tomarse una cerveza en un
lugar así, hubiese sido la antítesis de la vida misma. Recorrimos entonces las
calles de Balboa hasta que dimos con un lugar apacible, tranquilo, lejos del
hedor de la mercantilización de los cuerpos. El lugar en cuestión, vacío por
ser día entre semana, era pequeño y acogedor y era atendido por una mujer
discreta y amable, la cual colocaba las canciones que pedíamos con sutil
diligencia y elegancia.
Ya reunidos alrededor de la mesa rebosante
de botellas, discutimos los pormenores de la jornada: grabar en las
plantaciones de café requiere de un esfuerzo y tenacidad que sobrepasan los
límites físicos del cuerpo. El calor al interior de un cafetal es asfixiante y opresor; la humedad, infernal. Es aquí cuando se presenta un dilema: quitarse la chaqueta
–que en esas condiciones pareciera pesar unos 50 kilos de más- nos liberaría un
poco de la cruel sofocación, pero ello implicaría estar a merced de los cientos
de mosquitos, certeros y endemoniados, que a la primera oportunidad se
abalanzarían sin piedad en búsqueda de nuestra sangre. En esa encrucijada,
escogí por soportar el calor y no descubrir mis brazos. El sudor caía de cada
uno de mis poros y el aire se comprimía a cada paso dado con una tremenda dificultad. Cargar
el enorme trípode en esas condiciones se tornaba en un autentico viacrucis, pero el
trabajo es el trabajo. Todo lo valía para captar las mejores tomas y planos, era
un cafetal entre las nubes. No muy lejos, las enormes montañas de la cordillera
se alzaban como monumentos, recintos de origen de mitos y leyendas.
Finalizada la última cerveza,
recorrimos las calles de Balboa en búsqueda del hotel. Este pueblo es el último
reducto antes de sumergirse en el foco de lo que es la guerra en Colombia y
en el Cauca: Argelia y el Plateado estaban a una hora de distancia, dos lugares
en que las leyes, la autoridad y las normas se tornan difusas. Dos lugares en
donde los cultivos de coca se extienden a lo largo ancho del paisaje, generando
un curioso efecto de diversos verdes y follajes.
Desde que llegamos a Argelia
pudimos sentir como la tensión danzaba en el ambiente, los lugareños nos veían
recelosos, con disgusto y desidia. Nuestras cámaras y trípodes no eran bien
recibidos. ¿En cualquier momento estallará una granada? ¿Esto es lo que se
conoce como la calma antes de la tormenta? El día fue ajetreado y caluroso,
dejamos atrás al pueblo y nos adentramos en las veredas, ahí sí fuimos bien
recibidos. Grabamos en una enorme casona que tenía un siglo de antigüedad. Su
dueño, un anciano de también casi un siglo de edad, hablaba sumamente despacio,
pero con una lucidez, una memoria y una entereza dignas de elogio. Su historia
es fascinante, fue uno de los primeros colonizadores de estas tierras, vino
caminando desde la Unión-Nariño, en tiempos en que la geografía era más
agreste, los climas más inclementes y sobrevivir era una lucha al límite.
Tiempos más difíciles, pero más alegres.
Ya de regreso a Argelia, apenas
entrada la noche, intentamos buscar la respectiva tienda de barrio, pero nos encontramos
con un pueblo fantasma, totalmente apagado, solitario y temeroso. Todos los
locales y negocios estaban cerrados; todas las calles, desiertas. El silencio
parecía esconder alguna trampa ¿y si en cualquier momento estalla una
granada?... no tuvimos otra opción que encerrarnos en el hotel.
Con la llegada del nuevo día,
empezamos el descenso desde lo alto de la cordillera. Íbamos a casa, pero
antes, la última parada: Mulaló, un caserío de comunidades negras. El sol
estaba punzante, la sed se instaló en mi garganta de forma feroz, me sentía
mareado, desorientado, deshidratado. Llegamos al caserío, sumamente pequeño,
rodeado de limoneros. Los niños nos seguían con algarabía, yo necesitaba con
urgencia una cerveza; era claro que en un caserío tan diminuto no encontraría
una tienda. Imploré a uno o varios dioses, daría lo que fuera por una cerveza
helada, pero mis ojos no lograban distinguir tienda o negocio alguno, solo
casas, gallinas, patios, niños y perros. Resignado, llegamos a la casa del
último entrevistado de la travesía, un músico que en sus años dorados dejó
algunas piezas grabadas. Era un hombre de unos setenta años, impetuoso, con un
enorme sombrero. Nos recibió con gusto y nos invitó a sentarnos en el patio,
descargamos todo el arsenal de trípodes, cámaras, monitores y micrófonos. Nos dimos
un reconfortante respiro, aunque la sed, indómita y arrogante, seguía haciendo
estragos en mi espíritu. Nuestro anfitrión entró corriendo a sacar su guitarra,
no sin antes advertirnos que tenía cerveza fría a la venta. ¿Cómo? ¿Estaré desvariando?
¡No!... he escuchado bien, hay cerveza justo aquí, mis rezos y súplicas fueron
escuchadas por las deidades. Aquél primer sorbo fue como un soplo de vida, sentí
la mayor satisfacción en medio del peculiar Mulaló. Con las energías ya
recargadas, armamos los trípodes y conectamos micrófonos, nos repartimos
locaciones y a grabar. Justo al frente de la casa de nuestro anfitrión, un
grupo de mujeres nos observaban y esperaban ansiosas a ser grabadas. Se
sentaron juntas y entonaron una de las canciones más bonitas que he escuchado:
Allá van las cortamates
Con costalilla y machete
También llevan garabato
Y un trapo para hacer rodete
Cuando amanece lloviendo
Ni aguacaero las detiene
Van en busca de la mata
Que más puros ganchos tiene
Marcos Angulo subite al palo
Y dile a Elsa que te reciba
Ana Ledy y Belisa cortan el puro
Blanca y Eladio sacan la tripa
Fue así como dejamos el valle del
Patía...
Estuvimos también en
Bolívar-Cauca, donde las mujeres
maciceñas, un colectivo de al menos una decena de mujeres, nos recibieron
con un sinnúmero de platillos: tamales, pan de maíz, rellenas, tortas, carnes, empanadas,
postres y demás productos los cuales, laboriosamente, preparan día a día para
sostener la asociación. También anduvimos por Mercaderes, ubicado en una meseta muy cerca al departamento
de Nariño. Mercaderes obedece su nombre a que,
precisamente, en tiempos de la colonia, este era un punto clave para el
comercio y en donde los negociantes, vendedores, compradores y clientes, se
encontraban en un solo lugar para finiquitar sus negocios. Estuvimos en la Unión-Nariño,
municipio el cual, en sus días de gloria, fue el epicentro cafetero de la
región; recorrimos parte del Huila, especialmente el municipio de Paicol, una
joya colonial que desentona un poco del resto de poblaciones del departamento.
Estuvimos por montañas, trochas, veredas, ríos, páramos, mesetas... recorrimos
y recorrimos, buscando siempre palpar el horizonte con nuestras manos.
Ya son más de las nueve de la
noche, la llovizna ha mermado, pero ahora el frío es más inmisericorde. Ya pasó
la hora pico, ya la ciudad empieza apagarse muy lentamente, segundo a segundo,
calle tras calle. Atrás quedaron los compañeros de viaje y la cantidad de
personas y lugares que nos acogieron, brindándonos unos instantes de sus
realidades y hasta de sus sueños. Todo es siempre tan efímero y tan colosal, que
los recuerdos son una mezcla entre la nostalgia y la felicidad. Es hora de ir a
casa, con la última cerveza se fueron mis recuerdos y me concentro en el ahora:
ya el transmilenio no debe estar tan lleno, ya el sentimiento de agobio del
tráfico y desenfreno se ha diluido en cada cerveza. Quizá no sea tan malo,
después de todo, salir del trabajo en plena hora pico, quizá y me vuelva a
topar con una tienda de barrio y, con mi fiel compañera la soledad, me dirija de
nuevo hacia algunos gratos recuerdos.

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