Todo queda en la montaña

Ya era casi medio día y ellos no aparecían, lo que era algo bastante normal, pero había ese no sé qué, ese algo en el aire que se mezclaba con el aroma del cafetal y el triple 15. Eliza no le prestó mucha atención a ese erizar del espíritu, pues solo duró unos microsegundos. Tenía que apresurarse y agarrar la gallina, torcerle el inocente pescuezo y desplumar, desplumar como había hecho siempre. Al principio, cuando era pequeña, le pesó como un océano el tener que matar a tan linda criatura, pero pronto entendió que debía nadar en la realidad, aquí las cosas no son como en la ciudad. La sangre, las pulsaciones, el respirar afanado de la gallina... Todo ello significa la palabra realidad. Con el tiempo se convirtió en una sangre fría y metódica mata gallinas.

Ya después del almuerzo salido del horno de barro, Eliza pensó nuevamente en sus primos, así como cuando se piensa de manera tan fugaz que parece un reflejo. Pensó en que, aunque ellos no eran remilgados, tenían sus ciertos gustos refinados que los diferenciaba el uno del otro: la tilapia frita, las costillas ahumadas, el tamal de la cordillera. Eran verdaderos románticos de la comida. Pero ya no había tiempo de pensar, había que recoger la loza, lavar, trabajar. Como siempre había sido.

Eran las 8:00 pm y ellos aún no llegaban, lo cual seguía siendo normal. Era bien sabido en toda la vereda los alcances anecdóticos de cada juerga de aquel par. No había por qué no beber, debían ser despreocupados pero con los pies manchados de barro. Como siempre habían sido. Enamoradizos, recelosos y bullosos. Más de una vez regresaban a los 3 o 4 días con moretones en los ojos, las quijadas inflamadas, los nudillos enrojecidos y el olor al aguardiente penetrando todo a su paso. Según ellos, siempre, o casi siempre, volvían con la victoria. 

No era que no trabajaban, lo hacían demasiado y a veces de formas tan desconcertantes como dignas de respeto. Duraron un buen tiempo raspando la hoja a la que sus profetas denominaron la nueva alquimia. La hoja empezó a volver en forma de dólares y desde ahí se trastocó los cimientos del devenir todos, del mundo entero, podría decirse. Para llegar hasta el raspadero de coca, tenían que bajar hacia La Plata, territorio en que nadie era reconocido ante la benevolencia de las leyes, la Constitución y todo ese laberinto para la existencia construido en el mundo exterior. Allá en La Plata, entras con otra cédula, es como traspasar un velo de la percepción, son otras reglas, más rígidas, que parecen funcionar. 

Luego de ello, coges lancha, caminas, subes, bajas, todo bajo el extraño y pesado calor de una especie de socavón gigante. Los mosquitos son implacables, voraces y minúsculos, pero los primos los mantenían a raya con citronela. Nacer, crecer y morir aquí te da el don de diferenciar cada planta, cada uso, cada color y cada aroma.

Cuando era bonanza, el precio del bulto de la hoja sagrada subía hasta el cielo. Un raspachín podía ganar hasta 400 mil pesos al día, lo que compensaba la sangre y las ampollas en las manos. Era dinero para cuidar los animales, poner el cerco, la gasolina del campero, comprar el fertilizante, la escuela de los niños, la ropa, lo mismo de siempre y claro, sobraba lo suficiente para el aguardiente. 

Algunas veces ellos se adentraban unas dos horas y media más (en carro) desde la Plata y llegaban hasta el mar. Ese océano tan diferente de las bulliciosas y pobladas playas del norte de Colombia. Se dedicaban a pescar desde las 3 de la mañana, cuando el mar era tan calmo que en realidad parecía una gota de agua suspendida en una enorme hoja. La oscuridad se contrarrestaba con la agudeza del oído. Se podía escuchar el universo. 

No les gustaba ganarse la vida de forma monótona, por eso todos les permitían sus escapadas de juerga. Pero ahora ya habían pasado unos ocho días y ya la cosa parecía no estar tan clara. Más que preocupación, era confusión. ¿A dónde se habrán ido ahora? Habían trabajado en minas de carbón, talando árboles, conduciendo camionetas, eran tantas las opciones que cualquier cosa podía ser posible. Sería casi un milagro que coja señal en donde quiera que estén. O quizá se aburrieron de todo y decidieron ser nómadas y concluir sus vidas de paraje en paraje, de historia en historia. ¡O tal vez se fueron a la guerrilla! Dijo como con una especie de clarividencia una de las tías de la casa. Algunos se rieron, la madre se espantó; Eliza sonrío, pero sin mucho empeño, ella sabía que, aunque justos, ellos no eran justicieros; además, nunca les gustó las reglas de corte marcial. ¿Y si quizá están muertos?, pensó.

Pasaron las semanas y emergió fantasmagóricamente la zozobra. Empezaron con la búsqueda: billares, bares, fincas, el casco urbano, la clínica del municipio, la estación de policía. Quizá vuelvan en unos años con curtidas líneas en los rostros, quizá no vuelvan nunca más. Mandaron emisarios a las partes más recónditas de la cordillera occidental, la central, el Valle del Patía y hasta los primeros pueblos del sur. Nadie los había visto. Se desaparecieron como un par de recuerdos. 

Empezaron los rumores a silbar como la brisa, se convirtieron en una especie de mito, eran tantas las historias que se decía de los aventureros que todos en la vereda parecían poner esmero en dar su propia versión según como habían conocido a los primos. La hipótesis de que se fueron con la guerrilla, que era la más sonada, se evaporó en el instante en que un emisario había regresado del campamento de los insurrectos con la rotunda negativa. 

Un día, por la vía que conduce hacia 'el Paraíso', los pobladores vieron algo raro: era mínimo, casi imperceptible. La tierra estaba como movida en la parte baja del camino. Algunos bajaron con pala en mano y sombrero en la sien. 

La noche en que desparecieron los primos V... había llovido, no a cántaros, más bien de forma intermitente. Algo nada inusual en la montaña. Estaban regresando a casa, no se sabía cuál de los dos estaba más ebrio, pero conocían estas trochas como a sus propios pensamientos. Cuando pasaron por una de las curvas, un pedazo casi que ínfimo de la montaña les cayó encima, pero eso fue suficiente para llevárselos para siempre. 

Al día siguiente del infortunio, el sol salió radiante, secando por completo el barro y la tierra. Los daños en la vía fueron mínimos por lo que la gente siguió transitando con normalidad, incluso muchas veces pasaron por encima de los cuerpos de los afamados desaparecidos. Cuando los hombres de pala y sombrero en la sien empezaron a palear, encontraron enterrada la moto y todo lo que el barro se llevó.



Comentarios

  1. Mis sinceras felicitaciones al joven escritor y periodista que con sus relatos de lo que sucede en las entrañas de las montañas nos recuerda momentos que históricamente suceden como hace 50 años paso lo de "quebrada blanca" y en la memoria del pueblo solo queda la montaña de recuerdos de lo que es la vida rural donde se conjugan todos las tragedias de los campesinos colombianos.

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