Un ángel en la taberna
Hay quienes dicen que hasta en el cielo hay reglas, y que por lo visto son bastante rígidas. Novato, aprendiz; el eslabón más bajo de la divinidad. Hay quienes dicen que hasta en el cielo hay que trabajar. Y de que manera.
Se le asignó un hombrecillo cualquiera, como si fuera más por desdén y mero trámite. Nuestro ángel, dócil y puro pero inexperto, debía ser el custodio y guardián de un tipo que hacía lo mismo que todos los demás: tratar de ganarse la vida en un mundo regido por ese semidios con forma de moneda y creado por el hombre. Un sujeto cualquiera en mundo que se rige por la eterna incertidumbre de esa extraña ilusión llamada existencia. Por lo demás, no era gran cosa.
Ser un ángel guardián si es un tanto bizarro como parece, es una labor extraña y de tiempo completo. Esta era la primera incursión del ángel por fuera del paraíso, ahora se encontraba en el mundo de los hombres del libre albedrío, seres en toda su pequeñez y con su limitada pero nada despreciable grandeza. Todo le pareció curioso y desconcertante. Pero trabajo es trabajo.
Se sorprendió al notar que las cosas eran más o menos similares entre el mundo del hombre y lo divino. Hay jerarquías, quizá en un lado más ambiguas que en el otro, pero la naturaleza de la perfecta creación parecía una simetría algo repetitiva.
El hombrecillo a su cargo, Iván Z... estaba por supuesto inmerso sin salida en ese juego de roles y jerarquías, aunque este se encontraba comparativamente unos peldaños más arriba que el pobre ángel recién salido del cascarón.
Iván Z... ya había trabajado en muy diversas labores por al menos unos 35 o 40 años de su vida, y a pesar de que nunca podría siquiera acariciar un mínimo de las posibilidades de la riqueza que el semidios dinero da a los hombres a cambio de sus almas, este se conformaba con sueldos básicos para una vida básica, en una ciudad básica, en un mundo maravilloso. Al menos tenía lo suficiente para el alquiler, la comida y la bebida.
Fue así como el ángel lo siguió a todos lados. Iván Z... trabajaba un tiempo en la fundidora, otro en la zapatería, otro en la repartidora y de vez en cuando pintando casas y arreglando goteras; luego retornaba a la fundidora y así. Era un hombre hábil que parecía andar en piloto automático, no tenía pensamientos magnánimos fuera del preocuparse por el hoy... por el hoy y por la taberna de turno de la noches siempre que finalizaban las semanas de sudor.
No se exagera en decir que Dioniso es quizá una de las deidades que mayor equilibrio da a la creación. Esas tabernas llenas de proletarios son los refugios de las almas más fatigadas y dignas. La felicidad y la desolación conviven y afloran entre las copas y barriles.
Casi que maravillado, el ángel analizaba todo desde su prisma de bendita inocencia. Mientras ejercía su papel de guardián de Iván Z... el enviado de Dios escuchaba atentamente las conversaciones de los mortales, las cuales iban desde las más mundanas hasta las encaminadas a la conquista del mundo entero.
En una mesa hablaban de filosofía, Historia, guerras napoleónicas e invenciones que engalanaban y exaltaban a la humanidad. En otras mesas, se hablaba de la nostalgia por la vida de la niñez, el campo y los aromas de la madre y el verde prado. En otras se hablaba de las desgracias del pagano semidios dinero y todo el daño colateral que este deja a su paso. Otros hablaban de grandes viajes por los siete mares y la conquista de inhóspitos lugares nunca antes vistos por los hombres. Al parecer se aprende más que en la biblioteca celestial, pensó el ángel.
La rutina era la misma, semana a semana y mes a mes. Iván Z... trabaja impulsado por una extraña convicción pero sin ninguna clase de utopías o anhelos; y, llegado el fin de semana, se dirigía religiosamente a degustar -a veces solo, a veces acompañando- de una, dos, o tres o quizá más copas de coñac o vodka y así revitalizar el espíritu y tratar de detener el tiempo. Y aunque siempre tomaba lo mismo, a Iván Z... le gustaba usualmente cambiar de taberna, en una especie de ritual que él tenía con la ciudad.
A pesar de todo, esas noches de camadería y alcohol eran bastantes tranquilas y el joven ángel no pasaba mayores contratiempos en su trabajo, salvo la vez que un perro quiso morder a su protegido.
Una noche, sin embargo, pasó lo que no debía pasar, pero escrito ya en el destino estaba. El ángel se distrajo. En una mesa estaban unos empleados públicos de mensajería departiendo tan alegremente que una dulce sensación se expandía en medio del humo del tabaco. Hablaban de un tema que captó inmediatamente la atención del ángel, estaban debatiendo la existencia o no de Dios.
Mientras unos alzaban sus copas apelando por el materialismo histórico, otros respondían con vehemencia desde la metafísica y el ser. Mientras unos no perdonaban la no intromisión divina ante las plagas, las guerras y la miseria, otros se defendían desde el libre albedrío y el contrato que este suponía con Dios. Mientras unos afirmaban haber visto y sentido presencias divinas y ser tocados por la gracia del creador, otros solo daban fe de la absoluta soledad del ser humano en el universo.
Lo que más desconcertaba al ángel eran los argumentos que negaban la existencia de Dios, puesto que los encontraba muy lógicos, lúcidos y hasta atractivos, lo que lo llevó incluso a dudar de su propia existencia. En todo eso, y mientras el ángel navegaba en sus propios pensamientos, pasó lo que no debía pasar, el ángel alzó su mirada y quedó cautivado ante el rostro de una mujer, quizá más angelical de todo lo que existiese en el cielo. Se sintió incómodo y un tsunami de emociones parecían desbordarlo; entre la duda de la existencia de todo lo que él era como ser y algo parecido al amor, el ángel sintió ganas de beber eso que los hombres llamaban coñac.
Ya algo repuesto de la embestida, el ángel volvió la mirada hacia donde estaba Iván Z... pero este había desaparecido, no estaba en ninguna mesa, no estaba en ninguna parte. El ángel salió a buscarlo y deambuló entre las calles de S.P... hasta llegar a la casa de Iván Z... pero este tampoco se encontraba ahí. En cuestión de nada le había perdido el rastro por completo.
A la mañana siguiente fue a la fundidora, luego a la zapatería, de ahí a la oficina de correos pero no había señal alguna de Iván Z... el desdichado ángel empezó a sentirse preocupado, más que por Iván, por él mismo. Razones no le faltaban. Un ejército celestial es precisamente eso: un ejército. Hay normas, jefes, castigos. Algo había escuchado de lo implacables que podían llegar a ser los arcángeles, verdaderos seres hechos para la guerra; criaturas frías de corazón, certeras y mortales. El ángel siguió buscando a su encargado con el pensamiento punzante en su mente de que había fracasado rotundamente en su primer trabajo.
La rutina empezó a volverse un tormento: durante el día solía ir de taller en taller, de oficio en oficio, pero no había vestigio alguno del paradero de Iván Z. Ya por las noches, el ángel iba de taberna en taberna, esperando ver la silueta de Iván Z detrás de algún periódico, sentado en una mesa de madera y con una gran copa de alcohol. Pero eso nunca llegó a pasar y poco a poco el ángel se terminó de frustrar y comenzó a desentenderse incluso de su propia suerte.
Llegó un momento en el que creyó que su error pasaría inadvertido, que Dios tenía cosas más importantes que hacer y que los arcángeles estaban bastante ocupados luchando contra la gran serpiente y sus legiones de exiliados y proscritos. Ese fue precisamente el segundo gran error del ángel. Un día llegaron por él y le hicieron pagar.
Esa mañana despertó el ángel y sintió en todo su ser una sensación horripilante y nauseabunda. Al parecer los justicieros del cielo no vinieron con sus espadas a cortarle las alas y la cabeza, tampoco lo enviaron al averno; decidieron algo que a juicio de ellos sería mucho peor: el ángel fue absolutamente degradado de todas sus credenciales divinas y fue convertido en humano.
Intentó levantar la cabeza de la barra de la taberna y esta le pesaba unas mil toneladas, la luz le irritaba los ojos y empezó a sentir un sin fin de sensaciones nuevas y desagradables: sed, hambre, agotamiento, dolor, escalofríos. Su nueva vida empezaba en un cuerpo mortal y con resaca. Salió sin rumbo hasta quedar desmayado en un parque. Horas después volvió a levantarse e intentó ordenar sus pensamientos. El hambre tan desaforada que sentía le pareció peor que ser torturado por los soldados de lucifer. Se puso en pie y no le quedó más remedio que hacer lo que todos los hombres sabían hacer: tratar de arañar un poco de aquel semidios pagano creado por el el ser humano: el maldito dinero.
Fue así como el expulsado del cielo empezó a trabajar un tiempo en la fundidora, otro en la zapatería, otro en la repartidora y de vez en cuando pintando casas y arreglando goteras. Todo lo había aprendido de Iván Z... A veces se preguntaba por el paradero de aquel silencioso pero agradable sujeto.
El nuevo inquilino de la tierra se adaptó apática pero rápidamente a la cotidianidad del trabajo en este mundo, comer no era negociable y aunque se encontraba abatido, empezó a sentir cierto gusto por la vida terrenal. Nuevas sensaciones vinieron a él como la satisfacción de un leve aumento de sueldo, el rechazo de una mujer, el calor del sol y el transcurrir monótono de la vida.
No sobra decir que nuestro nuevo amigo también disfrutaba, y muy a menudo, del elixir de aquello que siempre quiso probar cuando era un emisario de Dios: el coñac. Por eso, y también en honor a su desaparecido compañero Iván Z... el otrora ángel andaba de cantina en cantina -a veces solo, a veces acompañado- y pasaba sus horas nocturnas entre el tabaco, las carcajadas y la bebida.
Una noche alguien se sentó al lado del ángel caído, cuando este alzó la mirada se dio cuenta que era Iván Z... quien estaba desplegando su periódico, dispuesto a leer los últimos acontecimientos de la patria. El antiguo ángel lo miró perplejo e Iván Z... aunque lo notó, no le prestó mucha importancia.
Hubo un momento de tensa vacilación pero finalmente el quien fuera su ángel guardián le dijo a Iván Z: -Disculpe, ¿Puedo invitarle una copa?... (Capaz que el infierno está reservado para quienes desprecian la invitación a un buen coñac). Iván Z... sonrío con disimulada jocosidad y aceptó sin pensarlo. Quizá ese fue el nacimiento de una gran amistad.
-Y dígame, compañero... ¿Usted cree en la existencia de Dios? Preguntó quién algún día fue un ángel celestial.
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