El carpintero que estuvo a 13 minutos de cambiar al mundo

 

Se asomó por la ventana casi como si fuese un fantasma, la calle del frente estaba en completa normalidad: la casa de correos, el hogar de la señora H, la cervecería B... y un par de negocios más se alzaban con elegancia. La serenidad flotaba bajo el cielo congelado de M...

Volvió a su pequeña sala y se sentó en el sofá, cerró los ojos e intentó pensar en la nada, incluso parecía que lo estaba logrando; el hombre que partiría la Historia en dos -o en mil pedazos- había aprendido a controlar sus pulsaciones y pensamientos, ahora no solo era un mártir sino también un ser ultra metódico. Mañana a esta hora, la deidad debería dejar definitivamente este mundo. Un asesinato por deber. Un acto del amor más puro.

La noche siguió siendo calma, el silencio estaba tranquilo, el bullicio de la vanaglorización de los lobos sería muy pronto. El humo del cigarrillo subía creando figurillas y a la mente de Georg vino algo como un destello, era el camino que lo había traído hasta aquí: extraño e intempestivo, casi que como sacado de la mente de Arthur Conan.

Recordó sin nostalgia cuando andaba junto a su gran amigo JH... circundando la orilla del río S... Los pinos arropados de hielo parecían castillos de otros mundos y con la complicidad de esos varios grados bajo cero, Georg le contó a su camarada sus intenciones de matar a Hitler.  A JH... le parecía algo surreal las intenciones de su amigo, pero no intentó detenerlo. Siempre lo había conocido como un hombre común y corriente pero con cierta lucecilla en sus pupilas y un ingenio certero que irradiaba.

Salió de su hogar hace ya varios meses, lo dejó todo y rentó la pequeña habitación frente a la cervecería B... no tuvo problemas en adaptarse a su nueva doble vida ya que un tipo como él era lo más bajo perfil que se podía concebir en toda la ciudad. Nunca tuvo pensamientos de magnificencia ni gloria, le aterraba más la fama que la muerte; Georg era lo que podría denominarse un fundamentalista de la tranquilidad y fue el abrupto fin de esa calma lo que lo llevó a decidirse por el magnicidio del de quien ayer fuera un pintor frustrado -prácticamente un proscrito social- y que hoy era el hombre que tenía en sus manos la vulnerable existencia de cada uno de sus 80 millones de compatriotas.

Inmune al embrujo, Georg había advertido a la perfección el peligro intrínseco en cada palabra de Hitler: cuando este hablaba de grandeza, se trataba de degradación; cuando hablaba de paz, se trataba de guerra; cuando hablaba de un futuro resplandeciente, se trataba de las incandescentes cenizas del infierno. Su determinación en matar a Hitler fue curiosamente similar a la que un soldado toma en el campo de batalla.

Un recorte de prensa le había iluminado el camino para llegar hasta su objetivo: el nazismo en pleno celebraría, como cada año y en el mismo lugar (la cervecería B...), el aniversario del fallido golpe de Estado que Hitler y sus discípulos habían lanzado con poco método y de forma romántica en 1923. Era como siempre la ocasión para rendir memoria a los héroes caídos.

Georg siguió investigando y por medio de fotografías ubicó el lugar en que habitualmente preparaban el atril desde donde Hitler impartía sus ya conocidos e irresistibles monólogos llenos de finas y enigmáticas palabras. El paso siguiente era mimetizarse entre los clientes de la cervecería, conocer los puntos ciegos de esta, las salidas de emergencia, el número de trabajadores y meseros, los horarios de apertura y cierre, en fin... en un abrir y cerrar de ojos, nuestro personaje estaba envuelto en una novela detectivesca.

Todos los datos que sus sentidos recopilaba, los escribía luego en el crucigrama del periódico que religiosamente siempre llevaba consigo. Procuraba no beber poco, para no levantar sospechas; pero se cuidaba con mayor recelo de no beber de más, por obvias razones. Así transcurrió todo durante un buen tiempo en aquella cervecería de pasado oscuro, situada en esa tranquila calle de M...

El siguiente paso de la proeza sería un tanto más complicado así como decisivo, debía agujerear la columna más cercana al posible lugar del atril para así poder incrustar en ella una pequeña pero certera bomba que, aunque rudimentaria, sería más que suficiente para truncar los esquizofrénicos sueños y anhelos de aquel hombrecillo de bigote y no menos de 1.75 m de altura, imagen cómica e inversa del prototipo del súper-hombre germano.

Pues bien, cada tarde-noche Georg se escabullía y se deslizaba como felino hacia un pequeño cuarto de limpieza que él había analizado con obsesión. Nuestro héroe se escondía en la oscuridad y adoptaba un aura casi que mística de total quietud y silencio. A veces parecía que escuchaba los latidos de su corazón retumbando como tambores de guerra en el cuartecillo de escobas y utensilios. El ruido del resto de la taberna, aunque algo ahogado, podía escucharse sin problemas y fue así como cada noche Georg esperaba hasta que el último cliente y trabajador partieran a sus hogares luego de una extenuante jornada de juerga y trabajo. Ya cuando el silencio era el dueño absoluto del lugar, Georg salía como un espectro y se ponía manos a la obra, ahuecando poco a poco el pilar de ladrillo cercano a donde se ubicaría el estrado de Hitler; luego de ello, con un panel de madera que él mismo había diseñado, escondía cualquier vestigio de alteración de la columna. Era un trabajo meticuloso que le llevaba varias horas de la madrugada.

Una noche al parecer tranquila, por poco termina convirtiéndose en el purgatorio: Georg escuchó desde el cuarto de limpieza unos gritos iracundos, desagravios de alto calibre y una que otra mesa estrellándose contra el piso, era una pelea de borrachos que no debió significar gran cosa de no ser porque unos oficiales de la Gestapo entraron de imprevisto a poner orden en el lugar. La música cesó, el aire se tornó denso y solo se podía oír los gritos de los oficiales y los electrizantes pasos de las botas militares sondeando el lugar. Todo pasó tan rápido que Georg quedó en blanco, sus palpitaciones estaban a toda revolución y delicadas gotas de sudor le acariciaban el rostro. Por la ranura de la puerta del cuarto de limpieza se podía ver el reflejo de las botas yendo y viniendo, dando vueltas en círculos, acercándose y alejándose; un mínimo movimiento, un paso en falso o el más leve ruido y todo habría llegado a su fin.

 ¿Qué debía hacer en caso de ser descubierto? Georg empuñó una de sus herramientas con fuerza, quizá sería capaz de matar a un nazi, pero sin dudas sería atrapado por los otros tres o cuatro que merodeaban el lugar; tampoco había tiempo suficiente ni método alguno para suicidarse y mientras ese torrencial de ideas inconexas inundaban su mente, los oficiales de la Gestapo se retiraron de la cervecería. La música volvió a sonar alegremente, las mesas fueron levantadas del piso y aunque no se percibió palabras de disculpas, el ambiente volvió a ser de algarabía mientras los meseros corrían de un lado a otro con los enormes vasos atestados de cerveza tipo ámbar. Desde esa noche, Georg había decidido cargar siempre consigo una pastilla de cianuro.

El plan marchaba a la perfección y el día del magnicidio se acercaba. Cada mañana, cuando ya se escuchaba el ajetreo de la clientela y el bullicio matutino, Georg salía del cuarto de limpieza con la sutileza y elegancia de un espía de élite; se sentaba con serenidad en una mesa adyacente del cuarto de limpieza y pedía un gran vaso de la cerveza más costosa de la casa: la Maibock/Premium, para así ganarse aún más la empatía de los meseros y disipar cualquier manto de duda. Luego de ello, partía a su pequeña morada a descansar un poco y volver en la tarde.  

Por fin llegó el momento de implantar la bomba, esta fue diseñada de forma casera y con un pequeño sistema de relojería el cual fue configurado para que su detonación se efectuara al día siguiente: el miércoles 8 de noviembre de 1939, a las 9:20 de la noche. Estaba previsto que el discurso del Führer  terminaría a eso de las 10:00 pm. El destino estaba sellado.

Sería la última vez que repetiría el ritual, una vez la cervecería quedó a merced de la soledad, Georg introdujo en la columna de ladrillo el pequeño artefacto que lo cambiaría todo y luego recubrió el agujero con el panel de madera. Culminó así su gran obra maestra y altruista, todo había quedado según lo estipulado, la bomba aguardaba como una bestia dormida justo al momento de despertar y devorar inmisericorde a los lobos.

La mañana del 8 de noviembre tomaría su última cerveza en aquél contradictorio lugar, daría un último vistazo a su pequeño apartamento y empacaría todo consigo; se deshizo de algunas pruebas de su maquiavélico ideal y partió para nunca más volver a M... esa ciudad corroída por el nacionalsocialismo y la pequeñez del espíritu. Georg se marcharía a la frontera suiza con el deber cumplido, la conciencia cristalina y un orgullo marginal que le brotaba por las venas.

 

Pero la existencia es como siempre un juego de azar...


El cielo estaba más turbio que de costumbre y eso fue un presagio que Georg no debió pasar por alto. Son los pequeños detalles, esa sumatoria de segundos, ínfimas circunstancias anómalas que impedían la sincronía de todo lo bueno y permitían la configuración de un sinsentido abyecto y oscuro. Pareciera que poco a poco se apagaba la llama de al menos unas cincuenta millones de almas. El inexorable camino hacia el fin.

Sumado a las pésimas condiciones meteorológicas que atemorizaban incluso a los más intrépidos aviadores de la Lufftwafe, la premura de la guerra total que se avecinaba necesitaba del Führer en persona dirigiendo el arte de la masacre desde Berlín. Fue así como Hitler y su círculo más íntimo optaron por partir en tren (en lugar de avión) hacia la capital del nuevo imperio sobre la tierra. Un cambio de itinerario que terminó trastocándolo todo. Por esta razón, el discurso del dictador se acortaría lo necesario para emprender el viaje, un acto que sus súbditos entenderían con devoción.

Adolf Hitler y su séquito salieron de la cervecería B... 13 minutos antes de la detonación de la bomba. 780 segundos bastaron para separar a la humanidad de la salvación de su posterior degradación. A las 9:20 pm estallaba la bomba que tan meticulosamente Georg había diseñado y a la cual le había entregado el sentido de su existencia. La bomba estallaba pero Hitler ya no estaba ahí. Todo el arduo empeño de algo más de un año se había diluido en tan solo 13 minutos.

La hora y potencia de la detonación tuvieron la exactitud que George había presupuestado desde su ingeniosa y modesta mente, la onda explosiva y el derrumbe de una parte del techo acabarían con la vida de siete nacionalsocialistas y, como daño colateral en tiempos de guerra, también con una inocente camarera.

Mientras todo ello sacudía a la infame cervecería, Georg ya se encontraba muy cerca de Suiza, pero una patrulla de los lobos lo detuvo en una pesquisa de rutina. La tranquilidad afloraba por cada uno de sus poros, no había nada que lo ataba a planes tan sofisticados como un magnicidio, no tenía la impronta de héroe, ni tenía conexiones con los grandes personajes extranjeros enemigos del Reich, era un simple y honrado carpintero, pero su destino ya estaba consumado.

La noticia del fallido atentado contra el líder de masas se esparció por cada uno de los rincones y latitudes de Alemania, la consternación se mezclaba con la histeria colectiva en búsqueda de venganza. La situación era tan inverosímil que las sospechas recayeron en el más improbable de los hombres: el carpintero que quería pasar a Suiza.

Dichas sospechas se confirmaron conforme la tortura y fue cuando Georg se quebró, al cabo de pocos días terminó confesándolo todo. Se sintió decepcionado consigo mismo, creyó en una fortaleza mental y física muy a la par de la naturaleza de sus ideales, pero pronto se dio cuenta que ante sus verdugos no era más que un carpintero. Sus torturadores, en cambio, eran asiduos hombres de guerra, psicópatas que degustaban cada segundo de tortura y delirio; profesionales al servicio de la muerte.

Para ellos, sus captores y torturadores, era inconcebible que un simple carpintero, sin ayuda de nadie más, haya estado tan cerca de dar ese golpe de gracia al Tercer Reich y por más de que la tortura ya rayaba con la aberración, no pudieron establecer vínculo alguno de Georg con ninguna agencia de inteligencia extranjera. Era un hecho sin discusión: el carpintero había actuado por su cuenta.

Que un hombre común y corriente estuviera tan cerca de destruir a la deidad no sería bien visto por la opinión pública, por ello los nazis decidieron vincular a Georg con la inteligencia británica; había pasado de ser un carpintero a un agente profesional al servicio de la corona británica y esa traición debía pagarla con su vida.

Georg sería llevado a una cárcel del régimen y tendría el rótulo de ser el "prisionero especial del Führer", pero las dinámicas de la guerra hicieron que los nazis se concentrasen en la confrontación y por ello, tiempo después, el casi héroe sería llevado a los campos de concentración de Sachsenhausen y Dachau.

George había fallado y una carnicería dantesca se había extendido por el continente y otras latitudes del mundo; no se había equivocado: Alemania quedaría reducida a cenizas y putrefacción. Corría entonces el año 1945 (seis años después del fallido magnicidio en la cervecería B...) y el Reich se desmoronaba, la derrota era inminente, se había consumado uno de los capítulos más infames desde que el hombre caminaba por la tierra. Los lobos no le permitirían a Georg llevarse la gloria y reconocimiento de la comunidad internacional y el 9 de abril de ese año, un mes antes del fin de la guerra, Georg sería asesinado de un disparo en la nuca. Había llegado el fin de un hombre valiente.

 

 

 

Johann Georg Elser nació un 4 de enero de 1903 en Hermaringen, Alemania. Fue un campesino y carpintero, pero además, un gran amante de la música.



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