Te hablo desde la prisión
Cinco mil pesos, algo así, quizá más, quizá menos. Algo tan estúpido desencadena en cosas aún más estupidas. Cuando menos lo pensé, me encontraba esposado -curioso- me dije; los grandes asesinos de esta y otras latitudes, cabalgando sobre su falta de escrúpulos, no solo no han sido nunca esposados, sino que son considerados como los grandes prohombres de la humanidad. Todo indica incluso que duermen tranquilos sobre la vorágine de cuerpos que han dejado a su paso.
En fin, un vidrio roto, insultos van, insultos vienen. La adrenalina corre por cada tramo del cuerpo. Pensar con claridad se vuelve un tabú. Embriagado de una falsa hombría, le decía a mi oponente que no importaba las esposas, no importaba tenerlo todo en contra, podía acabar con él. Era un deber casi que moral. Taxista no es gente.
Ya en la patrulla y en soledad, la calma volvió a mí. No dije nada, ni me mostré desafiante. La embarrada estaba hecha y me esperaba unas de las horas más surreales y difíciles. Supe que nos dirigimos hacia el sur de la ciudad, a esa hora la Av Cali es desierta, rápida y hasta amena.
No se veía nada, solo se escuchaba las conversaciones inteligibles de los policías, orgullosos de haber cumplido con su deber, listos y dispuestos a terminar la jornada e ir al calor del hogar. Algo muy distinto a lo que deparaba mi suerte. La verdad es que pensé que sería algo más de trámite o, a lo mucho, que me dejarían botado en algún lugar desconocido.
Llegamos a no sé dónde, patrullas se mezclaban por doquier. Entramos al tétrico edificio y en un salón oscuro tuve que desvestirme, quedé incomunicado, hubo un rifirrafe con el carcelero. Este era iracundo y soberbio, aunque algo tonto. No es algo que sorprenda.
Me llevaron a la celda, un salón grande como para unos sesenta o setenta renegados: proscritos e indeseables. Enemigos de la sociedad. O al menos eso es lo que se pensaría... Pero en realidad estaba rodeado de personas como yo: con errores y defectos, pero con inocultables rasgos de sensibilidad.
¿Por qué lo metieron? -me preguntó uno de los camaradas de celda-... Me pelié con un taxista y rompí un vidrio. Así, estúpido, conciso y sin mayores detalles. Una carrera que salió mal. Una cerveza que resultó bastante costosa.
No recuerdo mucho más, me venció el sueño y no tuve de otra que dormir en el piso. Extrañamente, dormí profundo. Desposeído de todo y parcialmente derrotado.
Ya con el alba, la angustia afloró en mí con todo su esplendor. ¿Cuánto tiempo estaré aquí? Pero la cuestión más dolorosa: los míos deben pensar que estoy muerto, en coma, escopolaminado, apuñalado o cualquiera del sinfín de tragedias que acontecen frente a nuestros ojos día tras día. El sentimiento de culpa y desasosiego pensando en ellas me carcomía cada fibra. Poco me interesaba lo que pasara conmigo, una sola llamada, una sola señal de que estaba vivo y bien, unas cuántas milésimas de que ellas escucharan mi voz, sería el aliciente y combustible suficiente para sortear cualquier cosa que se me presentara. Pero pasaban las horas y no había forma de contactar al mundo exterior, decidí que lo mejor sería guardar calma y aguardar tan pacientemente que el tiempo parecía quemar. Era una batalla contra el tedio y, mucho más, contra la misma mente.
A pesar de todo, debo admitirlo, muy en el fondo me excitan las nuevas experiencias. Soy de los que cree que un buen escritor debe arriesgar su vida para contar las mejores historias. ¿Cómo contar lo que es naufragar en medio de una tormenta a mar abierto si no estás ahí dejando la vida en vilo en el océano?, ¿Cómo narrar lo que sientes cuando una jauría de leones están al acecho, mostrando las fauces de lo inevitable si no estás huyendo en el Serengeti?
Pues bien, esas nuevas sensaciones, texturas, códigos, olores, miedos y comedias inundaban mi mente como un desbordado caudal. Esa es una fortaleza que no muchos tienen. Una herramienta para transitar por la oscuridad.
Mis compinches de celda eran de lo más variado: pequeños pillos, los warneros, hombres ya curtidos y de pocos amigos, raticas recochonas, universitarios de clase media que, después de alguna cerveza, terminaron ahí. Costeños, paisas, venezolanos. Todos compartíamos lo mismo: la indefensión ante el tiempo y el carcelero.
Llegó el momento de la llamada por derecho. Una verdadera conquista humanitaria. Me volvió el alma al cuerpo, se revitalizó mi vigor, podría quedarme en esa celda el tiempo necesario. Quitarles el peso a ellas y quitarme ese peso a mí de lo que es ese aguijonazo de la incertidumbre, sería casi como volver a nacer. Pero nadie contestó. Cuatro llamadas sin respuesta que marchitaron todo dentro de mí. "Ish, si pilla, ñero... Como que no lo extrañan". Confieso que el chascarrillo del parcero me alegró un poco el espíritu. Luego de ello, no tuve de otra que soportar el paso de las manecillas del inexistente reloj. Tan pesadas como el plomo.
Los descarriados reaccionaban de diversas formas: había quienes decidieron dormir de largo, ignorando todo a su alrededor. Otros se sumían en conversaciones de todo tipo y esa risa característica del ñero rolo me sacaba un par de sonrisas. Otros se aislaban, otros más hacían ejercicio, otros se acercaban a los barrotes intentando arañar un poco de la libertad. Yo pasé por todas esas fases, me sentaba, caminaba en círculos con la mirada clavada en ese frío piso que nos sirvió de cama. Pensamientos iban y venían, unos inconexos, otros, dolorosos; y unos cuantos más: algo jocosos.
Me sorprendió mi fortaleza física y mental, no permití que la ansiedad, el tedio y la tristeza por ellas dominaran mi mente. Sin embargo, cuando me acostaba en el piso, me gustaba pensar que ella me acariciaba el cabello y me abrazaba con sutileza, como se abraza a alguien que se equivocó. Un par de lágrimas silenciosas recorrían mis mejillas hasta caer y mezclarse con ese suelo frio e indómito. Esas lágrimas sabían a culpa, impotencia, cansancio y ansiedad. Abría los ojos y ella no estaba ahí. Solo estaban los barrtoes, los camaradas y los agrestes e irónicos policías.
Me recosté nuevamente y sentí como el sueño acudía a mi rescate, poco a poco mi cuerpo y mente se desconectaban, pero justo en ese momento llegó lo que se veía tan lejano: el aviso de la libertad. Un procedimiento tedioso pero cargado de una sutil alegría para todos. ¡Queremos calle! Decían al unísono.
¡Adiós, masmorra!
No te extrañaré, pero tampoco te olvidaré. Seguro esto me forjará para muchísimas cosas, aunque aún es pronto para asimilarlo, siento algo nuevo en mí. El golpe de la libertad junto al resplandeciente sol de medio día se sintió como una victoria agridulce. Atrás había quedado esa tétrica dimensión, sentí empatía por los parceros de celda, muchos de ellos pudieron comunicarse con sus cuchas, no importa el pillo o el descarriado que sea, siempre hay una madre a la que acudir. Ese amor tan indestructible que traspasa cualquier celda.
Medio derrotado, medio arrogante. Con el celular a punto de descargarse, sin cordones ni cinturón. Cansado, con los ojos irritados, despelucado, con una herida en el pie de la cual brotaba la roja sangre y con una sed asesina, deambulé por esa zona industrial tan bizarra y desoladora. Los taxis pasaban agazapados y mi odio hacia ellos se ha convertido en una cuestión de honor. Por fin pude llamar y decir que estaba más vivo que nunca, aunque algo herido en el alma.
¡Siempre vuelvo!
Siempre llego a casa, esta vez algo pordiosero, desalineado y con la mirada un tanto perdida.
Algunos tips:
*Los taxistas son unos hijos de puta
*No se contradice ni a la mamá, ni al profesor, ni al policía
*Procurar cargar efectivo
*Aprenderse bien los números de los contactos
*Llevar siempre una buena chaqueta, nunca se sabe cuando toque dormir en el piso.
Mi estimado amigo Kamy la cárcel se vive como tragedia y se repite como... tragedia; es eterno tormento de Sisifo donde se pierde la condición humana; se siente una piltrafa viviente y la guardia asalta nuestro cerebro para atropellarnos y es cuando pegamos el grito de rebeldia por nuestros derechos y la libertad.!
ResponderEliminarUn jóven periodista tras las rejas.
ResponderEliminarKamy fue otra víctima de la policía metropolitana de Bogotá, producto de una situación de incomprensión con un taxista de los cuales él maldice por su forma de tratar a los usuarios, las falencias que observó Kamy en una URI de puente Aranda, son las que la Honorable Corte hace 30 años ha llamado un Estado de Cosas Inconstitucionales -ECI- son verdaderas bodegas humanas, la ausencia del principio de la dignidad humana, se ve en la ausencia de sol, deficiencia de los servicios basicos de salubridad, las pésimas condiciones de higiene, la alimentación, la fría madrugada sin ninguna posibilidad de abrigo, son en conclusión una realidad de verdaderos centros de tortura de todo tipo y de violación de los ddhh, son centros donde no hay el más mínimo trato respetuoso a las PPL, kamy vivió una experiencia que lo ha llevado a un escalon más de la rebeldía y resistencia para que estos sitios sean definitivamente cerrados. Wlda