'O sole mio. A ti, Dios dinero
Dios dinero, Dios Miami. Tus yates, tus lujos y tus propiedades. Excéntrico de cuerpo y alma. Tú, parafernalia impostada, viñedo color sangre. Desde el jet privado me elevo sobre los pobres e insípidos mortales, más minúsculos que hormigas, ciegos de tanto ver hacia este radiante sol de oro y rubíes. Patéticas criaturas. No imaginarán si quiera tan suculentas sensaciones, sus ridículas papilas son un despropósito universal, incapaces de liberarse del yugo del ajiaco y de toda esa podredumbre propia del lumpen y la honradez. Rara palabra esa, sin significado alguno si quiera para reparar en ella. Dios dinero: tus joyas, tus suites, tus manteles relucientes, el olor fresco de la imprenta, diamantes que adornan a la mujer de adorno. Devoción, fe, elevación de la parodia de mi espíritu hacia los estadios más altos del lavado de activos, los honorarios de la oscuridad y esa deliciosa alquimia que convierte la cocaína en preciados dólares. Y puedo incinerar cuanto gato se pose solitar...